Virginia Woolf y el sexo locuaz


Una habitación propia Virginia Woolf (Seix Barral)

¿Cómo habrían de escribir las mujeres si se nos ha negado, con suficiencia y desprecio, gozar de una mínima genealogía – ese esfuerzo colectivo de siglos que va abonando la tierra fértil en la que crecerán obras maestras –? ¿Cuáles son las consecuencias de la histórica distorsión, de la parcialidad heredada? Diosas y heroínas en el teatro clásico, esclavas en la realidad, dice Woolf; personajes inspiradores en las novelas, prisioneras del marido en la vida cotidiana. ¿Cómo esculpen estos mensajes la mente de la artista? ¿Cuáles son los efectos del desaliento?

Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye.

Mientras reflexiona sobre la pregunta de la mujer y la literatura, Virginia Woolf pasea por la orilla del río, describe aves y paisajes, habla de narcisos y sauces. Va desgranando sus pensamientos y engarzándolos con detalles llamativos de su lugar en el mundo: no puede pisar el césped, no le está permitido entrar en la biblioteca si no es acompañada de un hombre. Se cuestiona por qué las mujeres son pobres y las otras cincuenta preguntas que de esa se desprenden. Ironiza sobre la verdad. Indaga en las condiciones que llevan a que los varones sean por siempre el sexo locuaz. Expresa la cólera que siente al leer “la inferioridad de las mujeres”, ese indignante mecanismo acrecentador del poder de los hombres.

Las mujeres son más pobres porque la educación ha sido insuficiente o inexistente o porque las cortapisas impuestas en todo tiempo y lugar a su libertad las han dejado reducidas a, en el mejor de los casos, ángeles del hogar. Pero la educación de los hombres, señala la autora, también es deficiente: les lleva a obtener poder mediante un afán ininterrumpido de apropiarse de lo ajeno. Fronteras y banderas, guerras y armas, enumera Woolf.

El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: ‘Escribe si quieres; a mí no me importa nada.’ El mundo le decía con una risotada: ‘¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?’

En las últimas páginas reclama su derecho a conocer la verdad de las mujeres – le interesa la historia de la muchacha detrás de un mostrador, más que la de Napoleón –, sueña con ver libros eruditos de todas las temáticas posibles escritos por mujeres.

“… no tenían tras de sí ninguna tradición o una tradición tan corta y parcial que les era de poca ayuda. Si somos mujeres, nuestro contacto con el pasado se hace a través de nuestras madres

Ojalá la vigencia que mantiene el mensaje de Una habitación propia fuera debida sólo al magistral análisis de Virginia Woolf, o sólo a su portentoso talento literario. Pero, tristemente, su crítica es atemporal no por aludir a un asunto fundamentalmente humano – tal es la cualidad que solemos atesorar en los clásicos – sino por referirse a una penosa situación que perdura casi cien años después de la publicación de la obra en 1929: el hecho de que la libertad intelectual de las mujeres queda mermada, o por completo coartada, porque las circunstancias materiales – entre muchas otras – les impiden su ejercicio. Un injusticia que siendo profundamente humana afecta sistemáticamente a las mujeres, la mitad de la humanidad.






Virginia Woolf (Londres, 1882- Sussex, 1941) ha sido una de las más grandes escritoras del siglo XX. Otras obras suyas son La Señora Dalloway (1925), Orlando (1928), Las olas (1931) y Tres guineas (1938).

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